Vomitorium-Verkami Blog

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ANTES DE ENTRAR AL VOMITORIUM

ESTE TEXTO ES UNA URGENCIA personal, una vomitona incontenible, un saciarme la rabieta. Es posible que de entre toda la espuma haya algo de otras vidas, otros cuerpos, otras vomitonas. También es posible que no.

Alrededor mío todo es desequilibrio y enfermedad. Siempre fue así, cada vez tengo los ojos más abiertos, más cegados; cada vez soy un poco menos tolerante y un poco más cruel, más soberbia, más cabrona. Estoy empachada y escribir es mi forma de purgarme de toda esta porquería que ido acumulando en tantos años de activismo feminista.

Ahí afuera, donde todo hiere y todo embrutece y todo apesta, una multitud de enfermxs desequilibradxs construyen sin cesar los templos de la normalidad. Esa normalidad suya tan corrosiva, tan disparatada, tan mastodóntica. Una normalidad que disimula sus males negando su existencia y que oculta su mierda debajo de la alfombra. Todo está enfermo porque quizás nunca estuvo sano. Ahora, en esta especie de fase terminal y decrépita de la normalidad, sólo lxs anormales, lxs que nunca nos inscribimos en ella, lxs que fuimos expulsadxs a patadas hasta hacer de los márgenes nuestro hogar, tenemos la capacidad de construir cosas sólidas, válidas. Lo demás se cae a pedazos. Se lo tienen merecido.

Esta es la mejor forma que tengo para describir todo eso que me es tan ajeno y tan cercano, todo eso que creo que no forma parte de mí aunque cada día que paso sin tratar de destruirlo es como si estuviera contribuyendo a su glotonería. Enfermo. Desequilibrado.

Desde siempre busqué el punto de ruptura de mi balanza personal, no he creído nunca en la bondad ni en la moral aunque tengo muy claro lo que está bien y lo que no lo está. Por supuesto no confío en absoluto en los maniqueísmos, pero sí en mi muy poco indulgente forma de mirar el mundo.

A veces pienso que sólo sé juzgar sobre mi propio placer, en base a mis propios intereses. Así, todo aquello que no se acomoda en mi vida como placentero es desequilibrado y en cambio no puedo evitar, puesta en la comparación, pensarme a mí misma en equilibrio constante (aunque precario) con todo lo otro.

Y aún hay más: aquí dentro, en el margen asignado o elegido, también hay cosas que hieden, que enferman, que se desmoronan. Es difícil hablar mal de las propias ideas, esas que fueron mucho tiempo ideas-coraza, ideas-tanque, ideas-lecho. Es difícil vomitarse una en su propia boca, sobre sus papeles, sobre sus personas «aliadas». Pero la necesidad supera las dificultades porque no queda otra. Esto es, lo dicho, una urgencia.

¿Cómo es posible seguir así? ¿Por cuánto tiempo más? Hace rato que sueño con catástrofes. Que imagino tener que hacerme un pasaporte falso para huir a Singapur, tener que aprender a disparar una metralleta, con verme obligada a decir adiós a todo lo que amo porque amo más mi vida, con ser fusilada en un moderno paredón, en cualquier momento. Esto no es más que el fruto de la creciente decepción y desconfianza que siento por las disidencias en las que participo.

En estas páginas encontrarán únicamente mi opinión y la de algunas otras personas que inspiraron la mía, es decir, gente afín. Mi pretensión principal a la hora de escribir esto es que las ideas sirvan para la lucha feminista en particular y para el resto de luchas antisistema en general. Y acá puntualizo desde el principio: no hay nada más antisistema que el feminismo.

Poniéndolo en la ecuación, si la base de este cagadero emocional donde venimos a nacer y a morir es el patriarcado y lo único que lo combate abiertamente y lo pone verdaderamente en riesgo es el feminismo, ninguna otra lucha saldrá victoriosa sin incorporarlo, sin tenerlo en cuenta.

No hay ni un sólo movimiento de resistencia, ni una sola revolución que haya realmente triunfado en la historia; si así fuera no estaríamos como estamos, porque aunque sí se han ganado batallas y «derechos» (nunca le haría el feo a toda esa sangre libertaria derramada diciendo que no sirvió) claro está que la represión, la tremenda enfermedad del capitalismo y la matanza continuada de personas no ha parado ni parará hasta que los pilares de este sistema sean destruidos.

Que la llamada «revolución de las mujeres» ha sido sistemáticamente ninguneada por la gran mayoría de las luchas de izquierda no es un secreto. Y cuando digo ninguneada me refiero a que ha sido considerada siempre como esas cosas secundarias de las agendas que se harán cuando se gane esa hipotética revolución imaginada casi exclusivamente por machos de ano cerrado que se creyeron héroes libertarios mientras sus mujeres andaban esclavizadas en la casa pariéndoles los hijos y haciendo los guisados. Mientras eso no cambie, mientras absolutamente todxs destruyamos lo que de patriarcado nos habita, no habrá lucha con energía suficiente para modificar de forma efectiva y perdurable esta culera realidad.

Paco Vidarte escribió su Ética Marica1 porque estaba profundamente molesto con el devenir despolitizado del movimiento «LGTB». Lo sé porque puedo sentir en cada una de sus palabras la víscera rabiosa de quien se siente frustrado y enfadado por ver pisoteados los ideales a los que se ha entregado prácticamente la vida. Esa es mi rabia también y es por eso que escribo este libro. Nada que ver yo con Paco y nada que ver su contexto con el mío, y jamás me atrevería a creerme a su nivel porque ser una luchadora de ese calibre es sólo para mí una aspiración. Pero el enfado sí lo traigo en común con él y el mío no es menor que el suyo, aunque estas cosas no se puedan medir.

Este libro es un síntoma, es mi estar al borde del hartazgo: estoy muy cansada de que seamos tan torpes para gestionar las alianzas, los egos, las críticas; harta de nuestras discapacidades emocionales, de la oscura hiel de las envidias, de la inmensa carencia de comunicación sana y directa. El feminismo es una flota armada muy grande y poderosa pero sus naves hacen aguas por todas partes, nos atacan desde afuera pero como más las dañamos es desde adentro y en lugar de andar usando los dedos para tapar los hoyos, para repararlos, los estamos empleando para señalar culpables, cuando en realidad no hay ningunx de nosotrxs que no tenga responsabilidad en este desmadre.

Estoy harta y escribo esto porque no se me ocurre qué más podría hacer, es mi modo de decir que aún no me rindo, que lo que tenemos entre las manos se me hace la cosa más buena y hermosa que le haya podido pasar a esta jodida cultura en milenios.

Otra cosa importante a mencionar es que este texto está pensado para serle útil especialmente a las personas que pertenecen a mi contexto: europeo (más concretamente de la Península Ibérica), blanco, feminista, disidente, queer, anarquista, etc. ¿Cómo podría yo hablarle a otro contexto? ¿Con qué legitimidad? Una de las cosas más importantes que he aprendido viviendo en México es que no podemos seguir hablando por las personas que vienen de realidades radicalmente diferentes de las nuestras y en las que, además, el colonialismo y el racismo que han condicionado esas realidades con las que conviven a diario proviene precisamente de donde provenimos nosotrxs.

Si a alguien no euroblanco, no feminista, no anarquista y todos esos contextos a los que encamino este libro, mis palabras le resultan de utilidad me parece muy bien, aprovéchenlas si les sirven. Pero quiero dejar muy claro que nada de esto está direccionado hacia ustedes ni a sus formas de llevar a cabo las luchas pues eso es algo que supongo resuelven ustedes perfectamente sin nuestra «colaboración».

Entonces, feministas y anarquistas euroblancxs como yo, presten atención. Esto es un mensaje directo para ustedes, una autocrítica que espero sea constructiva.

Esto que os voy a contar os lo podéis tomar personal, también os lo podéis tomar político. Yo la verdad preferiría que fuera lo segundo, aunque hayan tantas personas diciendo que una cosa es la misma que la otra. Lo cierto es que, en la práctica, en «lo personal», no es lo mismo. En todo eso que nos arrebata a diario, lo que nos quema, lo que nos hiere, lo que nos tumba, no hay nada de personal. Lo personal está sólo en las células que componen nuestro cuerpo, en lo que queda dentro de esa frontera de la piel, y ya.

Me gustaría no tener que ofender a nadie con todo lo que sigue en estas páginas, no lastimar, no decepcionar, pero me temo que eso no es posible cuando una quiere decir lo que piensa. Siempre estaremos jodiendo a alguien cuando decimos, de todo corazón, lo que pensamos.

Yo, con toda la sinceridad del mundo, pienso que estoy hasta el coño de ustedes y de mí misma. Este libro es mi último intento de batalla, un «a ver qué pasa si digo justamente lo que quiero decir», una artimaña para saber si de una vez por todas estas luchas nuestras tienen algo que hacer o si sólo rendirnos o dejar que todo siga como está serían las opciones correctas.

No sé lo que es correcto, lo que procede, nunca lo he sabido. Pero llevo un buen rato observando e interactuando, intentando cambiar las cosas, y se me han ocurrido algunas ideas que creo que podrían ser útiles. Acá en estas páginas trato de plasmarlas con el mayor respeto, con la mayor precisión. Ojalá (que viene del árabe «quiera dios») sí os lo toméis como algo político, y no como algo personal. Si algo de lo que leéis acá os ofende pensad si es porque os apela directamente como cultura o como personas. Porque tampoco es lo mismo. Aunque el «quiénes somos» sea tan difícil de separar de aquello a lo que pertenecemos. La pertenencia es una cuestión de identidad. Yo no quiero apelar acá a lo identitario sino a lo que como grupo de identidades, lxs monstruxs, hacemos. Pues hay muchas cosas que estamos haciendo muy muy muy mal, y ya topé con mi límite.

Como decía mi abuelito: los malos siempre ganan. Ganan porque entre ellos no se pelean, porque les dan igual las ideas, porque sólo les importa el poder. La Guerra Civil española se perdió porque una panda de machos orgullosos no supieron y no quisieron ponerse de acuerdo; y mientras los fascistas se lamían el culo entre ellos, y se frotaban las manos, andaban los anarquistas, los comunistas y los socialistas midiéndose las vergas a ver quién la tenía más grande. Nos venció el patriarcado y su forma odiosa de enterrarse en lo que somos, en esa identidad de mierda, en ese hacernos creer que somos quien somos.

Este libro es mi último intento. Si no funciona me dedicaré a escribir ficciones y a la carpintería y la cocina. No sé si serán los años o qué (¡edadista!) pero me siento muy desgastada con eso de que toda crítica a las luchas sociales antisistema sea vista como una traición. No hay nada más patriarcal que el orgullo. Ese es el peor veneno que traemos adentro. Y este es mi ultimatum para vencerlo. Me harté de luchar para no conseguir nada. Me harté de ver todos mis esfuerzos resbalar por la cara atroz del miedo.

Una mañana en mi azotea estaba construyendo una silla. Tomé unas tarimas de la calle, las desarmé, las corté, las pulí y las lijé, luego lo ensamblé todo junto y a la noche tenía una silla en la que me podía sentar. ¿Por qué no puede ser igual con el feminismo, con el anarquismo? Le ponemos tanto trabajo a cosas que no sirven, que no tienen una representación real en las vidas, al menos no con efecto inmediato o visible.

Me harté también de esperar. ¿A qué estamos esperando? ¿Qué maldito puto sentido tiene andar peleándonos entre nosotrxs si sabemos dónde vive el enemigo?

Me cansé de esperar. Y me dan ganas de ocuparme únicamente en cosas que empiezo en la mañana y a la noche me sirven para algo, como una silla, como un guiso. A ustedes que se dicen a sí mismxs feministas, anarquistas, activistas, luchadorxs, no sé qué les pasa. No sé cómo pueden tomárselo todo tan jodidamente personal, cómo no pueden ver más allá.

También escribo desde el amor. Todas las personas que comparten esta historia atroz conmigo, que se han cruzado en mi camino de un modo y otro, son una bandada de bendecidxs, tenemos la suerte de poder pensar más allá de lo contado, de lo establecido, de lo impuesto. No quiero que desperdiciemos la ocasión, estamos hechxs de lo mismo. Vamos allá.

1VIDARTE, Paco: Ética Marica: proclamas libertarias para una militancia LGTBQ. Egales Editorial, Madrid, 2007.