Tupinambá

Hace una semana llegué a Brasil. No tenía más expectativa que la de encontrar a personas muy queridas del coño sur que o bien hacía mucho que no encontraba cara a cara o que jamás había encontrado físicamente pero que forman parte de mi familia cósmica. Es muy lindo llegar a un lugar nuevo sin expectativas, con los poros abiertos a cualquier cosa. Esto siempre trae sorpresas.

El dolor punzante en el costado. Una siempre piensa que es un pedo. Me cuentan las brujas de acá que Tupinambá no es una marca de café español, preparamos una venganza, el enemigo es el colonialismo. Mientras, en mi colon, se gesta el desmadre. Hago la performance más dolorosa de mi historia en los escenarios, al final me doblo y no es impostado, mi apéndice comienza la perfo de su vida también. Y es más ruda que yo.

Noche de vómitos y fiebre, después, 5 días de hospital público y gratuito. La vergüenza de ser española en un lugar donde me salvan la vida profesionales amorosxs porque la salud, efectivamente, es un derecho universal. Si hay una forma rápida, eficaz y certera de conocer el alma de un lugar es pasando algunos días interna en sus hospitales y en los 5 que pasé yo aprendí muchas cosas sobre mi propia alma también, algunas aún no se desvelan en grafías ni pensamientos verbales, me fluyen por la vena junto al cóctel químico que trabaja para mi sanación. La muerte propia (esa que realmente podía haber acontecido) no se pasea cerca de mí, ni su idea, ni su sombra. Asumo como triunfo que se trate de un monstruo del pasado.

Anestesia general, apocalipsis astral en mi sinapsis, palacios de cristal de color y rayos del negro más oscuro en el rabillo de los ojos mientras avanzo riendo a carcajadas por un túnel. Pienso “esto debe ser lo que alguna gente llama Dios”, estoy presenciando la raíz de todos los males del mundo: el malentendido de la química cerebral. Le contagio la risa a uno de los cirujanos, es lo último que veo, su rostro contraído.

Despertar. Mirar mi cuerpo desde un medio-afuera. Tengo 3 agujeros en la panza, dos hechos por el metal del bisturí y uno antiguo, el que me hizo la vida al traerme acá. Parece que por el ombligo salió el apéndice de mí y ahí concluyó su show (me contengo para no hacer bromas sobre el ego performancero).

A la señora de la cama de al lado, a la que ya sólo le estaban prolongando la agonía (eso sí, con mucho amor por parte de sus hijas) todo el rato me dieron ganas de ahogarla con la almohada al caer la noche y también de darle un último orgasmo, obviamente no en ese orden.

Uno de los seres amorosos que me han estado cuidando me trae una libreta y una pluma. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Escribo. Voy llenando páginas y más páginas mientras batallo con el catéter que tengo en la mano para que me deje ver el baile frenético de la tinta. Una enfermera me observa. Vuelve al rato con un catéter nuevo. Me saca el de la derecha, me instala el nuevo en la izquierda. Me da una palmadita en la espalda y se va.

Nunca nadie me había sacado sangre sin hacerme un morado enorme en el brazo porque mis venas apenas se ven. En esos 5 días pasé por este proceso como unas 15 veces. Sorprendida, se lo comento a una de las enfermeras y ella me mira y ríe. Por lo visto en esta ciudad, que tiene la población negra más grande del mundo fuera de África, las venas se encuentran con el tacto, no con la vista. Ineptitudes blancas y nuestra obsesión por lo visual a modo de metáfora de sangre. La venganza de Tupinambá en la punta de cada aguja.

Tupinambá y las enseñanzas a hostias. Algunas tan valiosas como que ya no deseo la muerte a mis enemigos, sólo les deseo una temporada larga en un hospital, pero no uno brasileño, uno español en modo “sin papeles”.

Me vacío de rabia y la mirada con la que abrí los ojos al otro lado del túnel lo acaricia todo con suma ternura. El enemigo se ha desaparecido o se ha encogido tanto que no lo veo. ¿Es eso una buena imagen de victoria?

Unas evangelistas entran a rezar al cuarto que comparto con otros 5 cuerpos. Me ponen un papelito delante de la cara “paz y alegría”. – ¿Aceptas la palabra del señor? – ¡Pues claro!, ¡Paz y amor!, les digo mientras hago con las manos el símbolo feminista y tomo el papelito hermoso, ellas también sonríen, quizás pensando en que supongo una victoria de las buenas. Uso el papel para marcar las páginas de un libro que también me trajeron lxs compas. Se titula “Madona&Elvis”.

“Los atardeceres de Salvador de Bahía son tan hermosos que la gente aplaude cuando el sol se esconde” me dijeron el primer día, casi inmediatamente después de aterrizar. Tras 5 días y para clausurar el primer día del resto de mi vida, tengo el honor de comprobarlo. En la noche emprendo la investigación de lo que más intranquila me tuvo todos los días de hospitalización: ¿podré tener orgasmos o me habrán tocado algún cablecito “por error” y me habrán chingado bien? Sí. Puedo.

Tengo un pedazo menos de cuerpo pero un pedazo más de vida, una rabiosamente viva, algo que no habitaba en mí antes. Mi apéndice abandonó mi cuerpo y en ese hueco que ha dejado voy vertiendo un nuevo arsenal que me convierte en otra que es una yo más poderosa y mejor. Si pudiera elegir entre haber tenido esta experiencia o no, la dejaría exactamente tal y como fue, no le movería ni un instante.

No tengo puta idea de en qué devengo, pero se siente hermoso. La vida como fractal, como percurso.

Estoy viva. He vuelto.

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Post data

Quiero dar las gracias con toda el alma al equipo del seminario internacional Desfazendo Genero que se hicieron cargo de mi bienestar en todo momento (Leandro Colling, Gilmer, Fernanda, Elder, Tiago y lxs que no conozco sus nombres), también a las personas que asistieron a mi taller de pornoterrorismo y que me enseñaron tanto, especialmente a Matheus Santos, Kleper Gomes, Sara Panamby, Cinthia, Colectivo Coyote, Jota Monstra, Pedro Costa, Raissa y todxs lxs demás (muchos nombres para mi pobre memoria).

También a las personas que vinieron a verme al hospital: Fabi Borges, Juliana Dorneles, Patricia, Raisa, Ángela y Camila Bastos. Y a las que no vinieron pero sé que me tuvieron muy presente, como la querida Susy Shock, que a base de nalgadas me ayudo a ser capaz de terminar la performance.

Y doy las gracias especialmente a Michelle Mattiuzzi por acogerme en su hogar y en su vida por estos días de recuperación.

Foto parte del proyecto https://cuelindo.wordpress.com/

2 thoughts on “Tupinambá

  1. MI querida Helen, esa fue la última vez que pisé un hospital antes de esto! Y me acordé de todo todo, básicamente pensando que ojalá y eso te hubiera pasado en el hospital donde estuve yo. La Patri se hubiera desmayado de una con la belleza de las enfermeras y tú no te hubieras tenido que sentir como un pedazo de carne con un número en la frente.

    Te amo, preciosa
    Diana

  2. cari! me acuerdo tanto de mi riñón y nuestras aventuras hospitalarias!!!! jajaja! la patri queriéndose ligar a todas las enfermeras haciendo adivinanzas a ver quién era bollo, la enfermera diva con cara de orto que no me encontraba la vena y las boludeces que le decías… jajaja…

    te digo lo que me dijiste hace un tiempo ya: vos tenés prohibido morirte, así que ya te estás cuidando.

    muaaaaa

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