Marimacho!!!!
Feb 25, 2009 in Uncategorized
Sí. Soy una marimacho. Me lo empezaron a decir ya a la tierna edad de 6 años, cuando iba siempre con las rodillas llenas de costras y la cara y las manos siempre sucias de mierda, aquellos maravillosos veranos en el pueblo. Fui tan marimacho que hasta reproducía fielmente los comportamientos hostiles de mis congéneres masculinos (como por ejemplo perseguir a las niñas atizándoles con ortigas en las piernas, quién las pillara ahora para que me atizaran en las nalgas…).
Pero entonces no era preocupante. No lo fue realmente nunca. Una vez cuando volví del colegio bastante espantada porque unas niñas de otro cole me habían llamado marimacho como insulto (la gente de mi alrededor nunca lo hacía, me tenían bastante respeto) porque yo las llamé “pijas de mierda”, le pregunté a mi madre qué significaba “marimacho”. Realmente nunca le había dado un significado concreto más allá de esos significados que otorgan lxs niñxs a las palabras, tan propios, tan sinceros con su realidad. Entonces mi madre me dijo “marimacho es una chica masculina”. ¿Y qué hay de malo en eso? pregunté, y mi madre dijo “nada, absolutamente nada”. De modo que así me quedé, reafirmándome en mi marimachismo, hasta más o menos los 13 años.
En aquel entonces hubo un gran cambio en mi vida. La testosterona empezó a subir y subir. La cara se me llenó de granos, el cuerpo de pelos y la regla y las tetas brillaban por su ausencia. Entonces mis sabios padres (no es sarcasmo, ojo), decidieron llevarme a la mejor ginecóloga de la ciudad, ciertamente preocupados por el hecho de que su chica se pareciera cada vez más a un chico. La ginecóloga me hizo un análisis hormonal incluso antes de meterme mano, que desveló que mis niveles de testoterona eran idénticos a los de un chaval de 13 años y que mi ovario poliquístico (aquí sí me metió mano) estaba de alguna manera obstaculizando la producción de estrógenos.
Entonces me vi sentada con mis padres y aquella señora tan maja proponiéndonos dos opciones (una tan válida como la otra, sin posicionarse):
a) Dejarlo correr a ver qué sucedía, con la muy posible posibilidad de que me convirtiera en todo un hombrecito con ovarios atrofiados (que habría que extirpar, según ella) y barba en cuestión de tres años.
b) Someterme a un tratamiento de estrógenos para feminizarme y que mi sistema hormonal se pusiera mínimamente de acuerdo con mis genitales y glándulas varias.
La opción elegida finalmente fue la B, porque ante la pregunta de si yo me sentía hombre o mujer la respuesta era indudable por mi parte. Yo era mujer. Que el resto de las mujeres no se parecieran a mí o no se comportaran como yo no era algo que fuera de mi dominio, en realidad me la sudaba, ya que yo había aposentado mi feminidad dentro de ese marimachismo que según mi madre no tenía nada de malo. Así que empecé a tomar estrógenos, para más indicaciones “Diane35″. Me hacía gracia que la píldora se llamara como yo, mi ginecóloga decía que estaba hecha a mi medida. Ahora está prohibida (igual que la Yasemin) por ser de forma demostrable cancerígena.
En dos semanas, tal cual, se me hincharon los pezones. En dos meses me salieron tetas y se me afinó la cintura. También me creció el culo hasta tomar la forma que hoy tiene (culo de jamona, dicen). En tres meses me bajó la regla. Pasé tres años de mi vida follando desmesuradamente con hombres. Me follé a 60 de los 13 a los 16 años y cuando digo follar me refiero a que sólo hacía eso con ellos, follármelos, como una auténtica depredadora. Elaboré una lista en la que los catalogaba (en este orden) por nivel económico, tamaño de la polla y forma de follar. Follé con niñatos, con porteros de disco, con puteros, con cuarentones y cincuentones locos por aquella “Lolita” desfasada, con moteros, con punkis, con negratas (de estos no me importaba el nivel económico, estaban siempre a la cabeza de la lista), con maricas despistados, con amigos de mi padre, con pervertidos con los que grababa pelis porno caseras, con taxistas, con militares, con yonkis… Me daba igual en realidad, la única condición básica era que tuvieran polla, quería una polla cada noche, para hacerla mía, para recuperar esa masculinidad que inconscientemente los estrógenos me habían arrebatado. (uno de estos días colgaré por aquí la lista, las anotaciones a cada “entrada” no tienen desperdicio). No recuerdo haberme follado a muchos con condón, con eso de que no podía quedarme embarazada… de modo que gracias a la divina providencia o a mi buena estrella no pillé ninguna ETS.
Luego comencé a follar con mujeres, a fumar, a drogarme y a beber y entonces dejé la píldora. Volví a mi marimachismo exacerbado y a una posición en la que no me sentía una actriz. Una es lo que es, y no se puede ocultar ni bajo químicas ni bajo disfraces.
Este documental que realizó la Lluna de Calígula hace años retrata una visión del marimachismo como forma de identidad bastante certera. Aquí os lo dejo




