el “invierno” acá

Se siente bien raro que no exista más el invierno. Y cuando digo invierno me refiero a menos de 10º y a tener siempre los pies y las manos frías, a la grisura que no cesa, al no poder habitar el espacio público porque se te congela todo, a la tristeza de tener que llevar encima al menos 10 kilos de ropa para no desfallecer. Y en general todo eso que en mi pueblo se entiende como invierno, con sus heladas, sus graditos bajo cero, sus nevadas, su humedad taladrando hasta el hueso.

Acá donde estoy esa cosa tan fea no pasa. Empecé el año a 30º en la playa bajo un sol tan intenso que nos tuvimos que ir a la sombra porque nos estábamos achicharrando. Todo el mes de enero los mosquitos se dedicaron a nutrirse de mi sangre  al borde  del trópico de Cáncer, esa sangre que ha de ser como un festín de todas las cosas ricas que me entran al cuerpo (porque estoy comiendo mejor que nunca desde que soy “adulta”). Y ahora a finales de mes, ya en DF camino por la calle en tirantes y veo brotes nuevos en las ramas de los árboles (a los que nunca se les cayeron las hojas -tampoco hubo otoño-) por donde quiera que voy. Cielos despejados, solazo de 7am a 6pm, y como única señal del invierno el volcán Iztaccíhuatl nevado a lo lejos cuando la mugre del tránsito me deja verlo.

Es la primera vez en mis 35 años de vida en que no siento frío en ningún momento por más de 9 meses. Y se siente bien raro (rico). No es que extrañe el frío: se me hace inconcebible que alguna de mis personas amadas esté pasando frío. Me imagino a mi mamá metiendo los pies en un barreño de agua caliente al llegar a la casa para descongelarse los dedos, a mis amantas amigas durmiendo debajo de 40 lonchas de lana y pluma, en ese invierno que habita allá en aquel lado del mundo donde nací, un 26 de enero de 1981, mientras caía una inmensa nevada en Madrid.

Nací en el frío atroz del invierno. Por eso siempre odié la ropa. Y ahora acá en esta primavera eterna me siento como marciano medio recién aterrizado, como guiri, desubicada, caminando por las calles como idiota con una sonrisa en la cara y diciéndole a quienquiera que se me cruce que tenga un bonito día.

Porque todos los días son hermosos y yo no sabía que podría ser tan feliz con el simple gesto de suprimir los inviernos de mi vida. A quienes quieran exiliarse del invierno: ya saben dónde encontrarme.

El sectarismo de “convertir” gente

Pues nada, después de un período de incubación ya sé lo que me genera tantas interferencias con eso de “la lesbiana conversa” y de esta banda de las lesboterroristas haciendo encuentros y esfuerzos para convertir heteros en lesbianas (sí, es real).

Lo cierto es que no le veo ninguna diferencia con el sectarismo católico que tiene predicadores especializados en convertir maricas en perfectos hombres de familia (hetero), tampoco con esa “rama” abominable de la psiquiatria que lleva 200 años suministrando electroshock a las personas homosexuales para “curarlas”, ni ninguna diferencia tampoco con el imbécil de Richard Cohen que predica que no se nace marica/lesbiana y que se puede revertir…

Acá a las lesbianas (y aquí me nombro lesbiana porque tengo prácticas lésbicas mayormente, aunque para coger me dé un poco igual lo que la otra persona traiga entre las piernas) que hemos pasado por la terrible experiencia de serlo en un mundo hecho para heterosexuales nos toca mucho las narices esto de la lesbiana conversa.
No porque nos desagrade la idea de un grupo de mujeres que nunca sintieron deseo sexual por otra deje de coger con hombres, sino por el apropiacionismo que supone que se llamen lesbianas, que saquen el lesbianismo de las camas y hablen de que ser lesbiana no tiene nada que ver con coger, que le llamen amor cuando se trata de sexo, y que además, vengan a decirnos que “lesbiana” es una categoría política a adoptar. Ser lesbiana no es dejar de coger con hombres, sino coger con mujeres, entre otras muchas cosas. Todo esto me suena tan ridículo como decir que la raza es una categoría política a adoptar, o la clase, o la identidad de género.
Con esto tampco estoy diciendo que ser lesbiana no se tenga que elegir, de hecho eso es lo que hemos tenido que hacer todas las que no hemos querido faltar a nuestros deseos en un mundo donde no ser hetero siempre tiene un castigo, muchas elegimos ser lesbianas, pero porque eso es lo que éramos y somos.

Sé que hay mucho más a reflexionar sobre esto, pero nunca me gustó que las feministas devengan sectarias, es demasiado peligroso hacer creer a alguien que por renunciar a sus deseos sexuales (ya sean heteros o lésbicos o gay) su vida va a ser mejor, porque eso es una GRAN FALACIA. Y mucho más peligroso aún hacerles creer a las feministas que dejando de coger con hombres serán mejores feministas.

Aquí dejo dos imágenes, porque yo no veo diferencia en ellas en su trasfondo ideológico.

Mujer, ¿qué mujer?

En febrero de este año me escribieron de la revista Flint de Puebla haciéndome una propuesta: escribir el artículo central de la edición siguiente cuyo tema iba a ser “Mujer”. Carta blanca y total libertad para decir lo que quisiera con la única condición de no sobrepasar las dos cuartillas de word. Y pues estuvo bien cabrón escribirlo, me costó mucho, por dos motivos: 1) pedirle a alguien como yo que escriba algo en torno a “la mujer” es como pedirle a cualquier persona que escriba algo sobre “el mundo”; 2) ¿qué coño pinta una española contando en una revista mexicana cualquier cosa sobre “mujer”?.

Esto es lo que me salió después de un proceso muy loco que me llevó a cuestionarme muchas cosas importantes. Creo que hoy, 12 de octubre, es el día preciso para hacer público este artículo y para mostrar el profundo agradecimiento y respeto que siento por este lugar que habito y las personas que cada día me enseñan, con mayor o menor sutileza, que ser española en México implica tener que hacerse cargo, y escuchar y callar, y pensar mucho.

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¿Qué mujer?

Se suponía que aquí tenía que escribir un texto sobre “la mujer”. Empecé a escribirlo y lo borré quinientas veces. Mi cerebro está tan contaminado por “las cuestiones queer” que ya no soy capaz de hablar con seguridad sobre algo que para una feminista como yo debería estar más claro que el agua.
La verdad es, que a ratos, “mujer” ya no significa nada, salvo quizás una categoría que decidí usar como posicionamiento político, porque en un mundo tan jodidamente machista, autodenominarme mujer, antes que cualquier otra cosa, es un ejercicio de vital importancia.

El texto me cuesta porque desde mi corrupta mente, mi mente de persona europea, güera y privilegiada, hay ciertas categorías que se me antojan hasta primitivas. Y mi idea era soltar en estas líneas un discurso de mierda sobre lo ridículos que me parecen los géneros binarios, sobre la necesidad de destruir las cárceles de lo nombrado, sobre la falacia de la mera existencia de “hombres” y “mujeres”.

Pero de pronto una se sitúa y piensa ¿para quién escribo? ¿desde dónde escribo? Entonces me asalta Juárez y sus miles de mujeres fantasma recorriendo el asfalto, me viene a gritar “pendeja” a la cara la voz de las 1.500 mujeres violadas el año pasado sólo en DF, me cruza la cara de un guantazo el caso de Yakiri o el de Claudia Rodríguez o los de las miles que no pudieron defenderse y murieron asesinadas y torturadas por ser mujeres. Y mi mente se queda en blanco. ¿Quién soy yo para escribir sobre mujeres en una publicación mexicana?

Muchas cuestiones que consideré ciertas cuando aún no vivía en México se desmoronaron completamente cuando llegué acá. Mis herramientas de feminista queer, pro-sex quedaron oxidadas por lo inútil de su uso, mis armas de deconstrucción masiva se me atoraron en la realidad cotidiana. Y no es que no sea capaz de ver con los mismos ojos críticos, en muchos sentidos mi disconformidad no entiende de fronteras. Lo que sucede es que no me siento legitimada ni cómoda (posiblemente porque no lo estoy) para hablar de lo que no conozco. Porque yo aún no sé lo que significa ser mujer, ni en mi pueblo ni en México.

Entonces, para poder seguir siendo útil con mi lucha, para poder seguir siendo feminista, a pesar de este desplazamiento tremendo que supone cambiar de continente, trato de refugiarme en las cosas que sí tienen sentido tanto en un lado del mundo como en otro: que ser mujer no es únicamente una cuestión de lo que traemos entre las piernas sino de opresiones.
El feminicidio sucede en todas partes, en España fueron 102 muertas a manos de sus maridos en 2014 y ya sé que esta cifra les sonará ridícula, una cuestión de contextos, pero eran vidas igual.
A las mujeres que no encajamos en la categoría (porque somos raras, porque tenemos “demasiada” testosterona, porque no somos heterosexuales, porque no queremos adaptarnos a lo que se esperaba de nosotras) nos joden, con mayor o menor intensidad, en cualquier lugar.
A las mujeres transexuales y transgénero, a las mujeres indígenas, a las que no tienen ni dinero ni casa ni comida, la sociedad las basurea por igual y son el segmento de la población femenina que más duramente sufre la violencia social, no sólo la violencia machista, sino también la de clase, la invisivilización de los mass media y la amplia colección de violencias que se cobijan bajo el ala maloliente del capitalismo. Interseccionalidad le llaman a esto (yo aún no sé si lo entiendo bien) porque en muchos aspectos es bastante más mujer una marica indígena que una blanca gringa heterosexual clase media.

A mí se me había olvidado un poco que SOY mujer, desde el privilegio de poder elegir dejar de serlo a ratos, desde la ventaja, de hecho, de tenerlo fácil para ni siquiera parecer una. El dulce veneno de ideas como que el género es una construcción social o de que “una mujer no nace, sino que se hace” invadió mi organismo para liberarme de un chingo de patrañas que había asumido como verdades desde pequeña. Me resultó muy útil a la hora de construir mi identidad dejar de pensarme como mujer (porque nunca encajé bien ahí) para pasar a hacerlo como sujeto disidente de la feminidad, de la heterosexualidad, de la propia categoría en sí misma. No digo que estas ideas no puedan ser útiles en México, pero es clave no perder de vista los contextos a los que las aplicamos, pues en algunos de ellos es rabiosamente necesario seguir siendo mujeres y seguir nombrándonos como tales. Rechazar los colonialismos ideológicos como forma de proteger las luchas, especialmente la feminista, porque de un tiempo a esta parte parece que cualquiera con una posición de poder dentro de las academias o de los feminismos institucionales pudiera dictar las reglas de un juego que para ellas es una mera abstracción y que para otras es cosa de vida o muerte.

En este punto de mi vida considero necesario reinstalarme en ser mujer, dentro de todas las contradicciones que ello supone para mí, aunque quede bien chueca en el molde, aunque me aprieten hasta marcarme la piel las costuras. Y no decido serlo por el hecho de tener pucha, lo soy porque a donde quiera que vaya cargo las heridas que el patriarcado causa a toda traidora. Yo he traicionado profundamente a este sistema, allá o acá soy una desertora de la normalidad. Eso es lo que me hace mujer: las heridas, las opresiones, la rabia. Y eso es justamente lo que tenemos en común yo y las mujeres desclasadas, las trans, las maricas, las monstruas, las desviadas de acá. Heridas, opresiones y mucha rabia.

Y mientras algunas, en el lado “nice” del océano Atlántico, en eso que muy entre comillas se podría llamar la primermundista Europa, se dedican a juguetear con las categorías de género y a deshacerse de ellas, y a dejar de ser mujeres (esto hice yo también mucho tiempo), a una nena de quince años la levantan en cualquier calle de México, la violan, le arrancan la cara y la dejan tirada en un vertedero por el único, sólo y exclusivo hecho de SER mujer.

Creo que escribo este texto para decir gracias, o algo así.

vingança tupinambá

Há uma semana cheguei no Brasil. Não tinha outra expectativa que não a de encontrar pessoas muito queridas do cone sul que ou bem havia muito tempo que eu não encontrava cara a cara ou que jamais havia encontrado fisicamente mas que fazem parte da minha família cósmica. É muito lindo chegar a um lugar novo sem expectativas, com os poros abertos a qualquer coisa. Isto sempre tras surpresas.

Uma dor aguda no lado direito do corpo, perto da costela. Pensa-se sempre no pior. As bruxas daqui me contaram que Tupinambá não é uma marca de café espanhol, preparamos uma vingança, o inimigo é o colonialismo. Enquanto isso, no meu ventre, se arma a confusão. Faço a performance mais dolorosa da minha história, ao final me dobro e não é um gesto impostadamente teatral, meu apêndice começa a performance da sua vida também. E é mais rude que eu.

Noite de vômitos e febre, depois, 5 dias de hospital público e gratuito. A vergonha de ser espanhola em um lugar aonde me salvam a vida profissionais amorosxs porque a saúde, efetivamente, é um direito universal. Se há uma forma rápida, eficaz e certeira de conhecer a alma de um lugar é passando alguns dias internada em seus hospitais e, nos 5 dias que passei eu aprendi muitas coisas sobre minha própria alma também, algumas ainda não se revelam em grafias nem pensamentos verbais, fluem por minhas veias junto com o coquetel químico que trabalha para minha cura. A morte propriamente (essa que realmente poderia ter acontecido) não passeia perto de mim, nem sua ideia, nem sua sombra. Assumo como triunfo que já se trata de um monstro do passado.

Anestesia geral, apocalipse astral em minhas sinapses, palácios de vidro colorido e raios do negro mais escuro no canto dos olhos enquanto avanço rindo a gargalhadas por um túnel. Penso “isto deve ser o que algumas pessoas chamam Deus”, estou presenciando a raiz de todo os males do mundo: o mal entendido da química cerebral. Contagio com minha risada um dos cirurgiões, é o último que vejo, seu rosto contraído.

Despertar. Olhar meu corpo mais ou menos de fora. Tenho três furos na barriga, dois feitos pelo metal do bisturi e um antigo, o que me fez a vida ao me trazer aqui. Parece que pelo umbigo saiu o apêndice de mim e aí concluiu seu show (me contenho para não fazer piadas sobre o ego performero).

À senhora da cama ao lado, aquela que lhe estavam apenas prolongando a agonia (mas com muito amor por parte de suas filhas), todo o tempo me dava vontade de sufocá-la com o travesseiro ao cair da noite e também dar-lhe um último orgasmo, obviamente, não nessa ordem.

Um dos seres amorosos que estava me cuidando me trás um caderno e uma caneta. Escrevo. Escrevo.

Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Escrevo. Vou enchendo páginas e mais páginas enquanto batalho com o cateter que levo na mão para que me deixe ver o baile frenético da tinta. Uma enfermeira me observa. Volta com um cateter novo. Me retira o da direita, me instala o novo na esquerda. Me dá uma palmadinha nas costas e se vai.

Nunca ninguém me tinha tirado sangue sem me deixar um roxo enorme no braço porque minhas veias deixam-se ver mas são difíceis de se pegar com a agulha. Nestes 5 dias passei por esse processo como umas 15 vezes. Surpreendida, comento a uma das enfermeiras e ela me olha e ri. Pelo jeito, nesta cidade, que tem a maior população negra fora da África, as veias se encontram com o tato, não com a visão. Inaptidão branca e nossa obsessão pelo visual em modo de metáfora de sangue. A vingança Tupinambá na ponta de cada agulha.

Tupinambá e os ensinamentos a hóstias. Algumas tão valiosas que já não desejo a morte aos meus inimigos, apenas lhes desejo uma larga temporada em um hospital, mas não em um brasileiro, um espanhol na modalidade “sem papéis”.

Me esvazio da raiva e o olhar com que abri meus olhos ao outro lado do túnel acaricia tudo com suma ternura. O inimigo desapareceu ou se escondeu tão bem que não o vejo. Isso é uma boa imagem de vitória?

Umas mulheres evangélicas entram rezando no quarto que divido com outros 5 corpos. Me colocam um papelzinho diante da minha cara “paz e alegria”. – Aceita a palavra do Senhor? – Pois, claro!, Paz e amor!, lhes digo enquanto faço com as mãos o símbolo feminista e pego o papelzinho bonito, elas também riem, quem sabe pensando que aquela era uma vitória das boas. Uso o papel para marcar as páginas de um livro que também me trouxeram xs compas. Seu título: “Madona&Elvis”.

Os entardeceres de Salvador da Bahia são tão bonitos que as pessoas aplaudem quando o sol se põe” me disseram no primeiro dia, quase que imediatamente depois de aterrissar. Depois de cinco dias e para terminar o primeiro dia do resto da minha vida, tive a honra de comprová-lo. À noite empreendo a investigação do que mais me deixou intranquila em todos esses dias de hospitalização: posso ter orgasmos ou terão trocado algum cabo “por erro” e me fuderam? Sim. Posso.

Tenho um pedaço a menos de corpo mas um pedaço a mais de vida, raivosamente viva, algo que não me habitava antes. Meu apêndice abandonou meu corpo e esse buraco que deixou verterei em um novo arsenal que me converte em outra que é uma eu mais poderosa e melhor. Se eu pudesse eleger entre ter tido essa experiência ou não, a deixaria exatamente como foi, não mudaria nem um instante.

Não tenho uma puta ideia em que me transformei, mas me sinto bem. A vida como fractal, como percurso.

Estou viva. Voltei.

Tradução em português de Lígia Marina

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Post data

Quero agradecer de todo  coração para a equipe Desfazendo Genero cuidando por cima do meu bem-estar em todos os momentos (Leandro Colling, Gilmer, Fernanda, Elder, Tiago), também a las pessoas que participaram minha oficina do pornterrorismo e me ensinou muito, especialmente Matheus Santos, Kleper Gomes, Sara Panamby, Cintia Guedes, Colectivo Coyote, Jota Monstra, Pedro Costa, Raissa e outros (muitos nomes para a minha pobre memória).

También a las personas que vinieron a verme al hospital: Fabi Borges, Juliana Dorneles, Patricia, Raisa, Ángela y Camila Bastos. Y a las que no vinieron pero sé que me tuvieron muy presente, como la querida Susy Shock, que a base de nalgadas me ayudo a ser capaz de terminar la performance.

E eu agradeço especialmente Michelle Mattiuzzi para acolher em sua casa e em sua vida nestes dias de recuperação.

https://cuelindo.wordpress.com/

Mi texto para Maricarmen Zine

Hace unos meses las amigas de uno de los mejores fanzines que he visto en mi vida, Maricarmen Zine, me pidieron que escribiera un texto para el número 5. La pista a seguir: “¿Cómo hacer política desde la cama?”. Este fue el resultado.

La cama es ese santuario, sanatorio, altar donde siempre he tratado de no librar batallas, un lugar donde sola o acompañada me cargo de energía, un abrevadero de poder, quizás en el único lugar en donde nunca me he sentido juzgada, maltratada o rechazada. Politizar nuestras prácticas sexuales/corporales no pasa por dejar de coger para ponernos a leer libros sobre lo queer que es coger así o asá, o coger mucho y con mucha gente al mismo tiempo; pasa básicamente por empezar a gozar con cosas que se nos había dicho que no eran correctas (incluyendo la asexualidad), con eso que nos da miedo hacer, hurgar en donde se encuentran nuestros límites, allá donde no queremos acercarnos, hacerlo sabiendo que nuestros temores e inseguridades con nuestro cuerpo y sexualidades son la raíz del enemigo que nos habita. Y no es un enemigo invencible.

Una de las grandes fallas de los movimientos de izquierda ha sido la idea de que “lo heroico” pertenece al mundo de los sacrificios y no al del placer. Pero a mí, antes que cualquier sacrificio, me resulta mucho más heroico que una persona sea capaz de identificar y vencer los venenos implantados por el sistema en su propio cuerpo. En otras palabras: es mucho más valioso, por ejemplo, un luchador que se deja penetrar analmente por su amante mujer que aquel que anda arrojando bombas a los polis y al llegar a casa la morra le tiene la cena lista y sus prácticas sexuales sólo perpetúan su identidad de machín.

Para mí no hay revolución que no comience en el cuerpo y en la cama. No creo en revolucionarixs para lxs que su cuerpo sigue siendo un desconocido, una prisión, ni en quienes dicen que disfrutar de la sexualidad es cosa de la burguesía.

Cogiendo es como he generado las alianzas más efectivas y duraderas de mi vida. Casi todas éstas tuvieron su comienzo en horizontal, en un compartir fluidos y orgasmos que, como rito inaugural, me mantiene unida a esas personas que son mis compañerxs de lucha.

Más que cualquier panfleto político me cambió la vida la primera vez que me puse un arnés y un dildo; más que cualquier libro o discurso, me prendió ir descubriendo poco a poco, mediante la práctica, el arsenal que traigo bajo la piel, en mi deseo monstruoso.

Existir desde la entraña, esa que tanto incomoda a quienes tratan de reprimirnos, a quienes preferirían que no existiéramos. Existir desde las horizontalidades húmedas de nuestras guaridas, desde las que no me cabe duda alguna SÍ estamos armando una revolución.